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TESTIMONIO |
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TESTIMONIO

“Maestro, ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquél día” (Jn. 1, 38-39).
Me llamo sor Eva Mª, tengo 33 años y soy de Alcázar de S. Juan (Ciudad Real). Hace dos meses que tomé el hábito de novicia en el Monasterio Cisterciense de San Benito, en Talavera de la Reina; y quería compartir con vosotros la “alegría de vivir para el Señor en la vida monástica”.
La vida cisterciense que abrazo y que inicio es un don precioso de Dios para mí, que me “ensancha el corazón” para “caminar” por sus caminos; y lo abre, desde el Monasterio, a las inquietudes y necesidades de cada hombre y mujer de todo el mundo.
Nuestra vida es respuesta a “una llamada divina”. Venimos al Monasterio para buscar y amar ante todo a Dios, y en Él, a toda la humanidad. Los Monasterios cistercienses son “escuelas del servicio divino” donde se aprende a servir y amar a Dios y a los hermanos, empezando por los que tenemos más cerca, nuestros hermanos de Comunidad.
Con mis Hermanas voy aprendiendo a “vivir” y a “gustar” la bondad y la sencillez de cada instante. Me enseñan que hay que mirar “con la mirada de Cristo” y descubrir cuánto nos ama y nos cuida, contemplando las maravillas de la Creación.
Todo en nuestra vida es pura gratuidad, regalo que se nos da y se nos invita a dar. Esto es lo que veo cuando miro a mis Hermanas, con sus muchos o pocos años, pues estamos jóvenes y mayores. El brillo de sus ojos me muestra la fuerza de una vida que se va gastando y desgastando en el Monasterio solo por Cristo, por su Reino. Ellas me enseñan a vivir ilusionada por Jesucristo, que es el que da sentido a nuestras vidas y el único que puede llenarlas de una alegría nueva cada día.
Nuestro trabajo dentro del Monasterio es muy sencillo, encuadernamos libros. La actividad que ejercemos es lo de menos, pues puede cambiar según las necesidades de los tiempos. Nuestro principal “trabajo”, la misión que la Iglesia nos ha confiado a través de los siglos es la “oración de Cristo”, expresada en la Liturgia de cada día. Cuando en el Coro elevamos nuestra alabanza al Padre, lo hacemos en nombre de toda la humanidad, de aquellos que trabajan, sufren, de los que no saben rezar o no creen en que sea necesario hacerlo. A pesar de nuestra fragilidad, esta hermosa alabanza sube al Padre, porque es Cristo quien ora en nosotros, con nosotros y por nosotros a Dios.
Y no puedo dejar en el tintero a la Reina de nuestros monasterios, la Madre de Cister, que es la Virgen María. En Ella encontramos el mejor modelo para seguir a Jesús. Ella es la que mejor nos puede hablar de Cristo y llevar a Él. Y la que a Él le habla de nosotros. Todas las noches, antes de acostarnos, después de Completas, le cantamos la “Salve cisterciense”, ¡es preciosa!
Os invito, especialmente a vosotros, los más jóvenes, a que vengáis a visitarnos y conocer nuestra vida monástica, a descubrir en ella a Jesucristo. No olvidéis nunca que “vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mt. 5, 13).
Os pido también vuestra oración por nosotros, todos los monjes y monjas de la Iglesia de Dios, para que hagamos de nuestros monasterios “faros de luz”, y que cuando los veáis, allí donde estéis os recuerden siempre que, como nos dice Ntro. P. San Benito, “no hemos de anteponer nada al amor de Jesucristo”.