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Los
fundadores de nuestra Orden buscaron la pureza de la Regla, la
autenticidad, la sencillez. Esto también quisieron que fuera una realidad
en la liturgia. Todo lo que se cantara en la alabanza divina debería ser
lo más auténtico. En Císter no se quisieron los cantos copiados de
Cluny.
Así a Esteban Harding, ya en el año 1109, se le atribuye una primera
reforma del canto. Bernardo de Clairvaux realizó una segunda el año
1134, que fue terminada en 1147/48.
En la primera fase, se desea equipar los libros litúrgicos con los textos
y melodías más auténticos. De este modo, se prestó mucha atención a
los principios siguientes:
- La circunferencia de una melodía no debería ser mayor de diez tonos,
porque el salmo 143,9 dice: "Dios mío, te cantaré un cántico
nuevo, tocaré para ti el arpa de diez cuerdas."
- En un canto no deben contenerse varios modos (tonos).
- Las sucesiones de los tonos, largas y extensas, deben abreviarse.
- El tono en b menor debe evitarse, favoreciendo el uso del tono en b
mayor.
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Estos principios no se emplearon de forma global, especialmente en lo que
se refiere a las canciones en honor de la Madre de Dios, patrona de la
Orden. Los cantos a ella dedicados se adornan a menudo con notas
adicionales, como ocurre en el hermoso canto de la "Salve
regina", de Completas, de modo que se acentúe el texto.
Los cantos litúrgicos de la segunda reforma se escribieron en 15 libros
litúrgicos y se resumieron en el "Código normal" de Císter.
Los originales se conservan en la actualidad en la Biblioteca Municipal de
Dijon.
Estos libros, se utilizan en la Orden en todos los monasterios hasta
mediados del s. XVII.1
Desgraciadamente, los cistercienses, a partir del Abad General Claudius,
ajustaron su canto a la decadente Editio Medicæa de 1614/15. Por eso, a
finales del s. XIX los trapenses revisaron el canto y reconstruyeron los
libros antiguos.
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